Diversidad y naturalidad

En este breve escrito intentaremos aclarar si la diversidad observada en nuestras sociedades es una derivada de nuestra naturaleza -es decir, una naturalidad- o bien obedece a otras variables.

Debemos tener en cuenta la universalidad de la diversidad, en cuanto a caracteres, capacidades y constituciones. Otras diversidades, como la de opinión o de opción (política, económica, etc.), son fruto de unas circunstancias culturales concretas.

En este contexto, el hilo lógico del razonamiento nos conduce a entender la diversidad como una respuesta diferenciada a las necesidades de adaptación al medio. La diversidad de respuestas nos lleva a la conclusión de que ninguna de ellas es concluyente; es decir, todas presentan ventajas e inconvenientes.

En el sentido del párrafo anterior, diversidad sería testimonio de inadaptación y dejaría en el aire la cuestión de si nuestra naturaleza contiene elementos que la hacen esencialmente inadaptable. Por un tema de necesidad de supervivencia, creemos que nuestra naturaleza no nos conduce a la inadaptación y que la misma surge de intrusiones ajenas a ella.

El carácter y talante de estas intrusiones anteriormente citadas creemos que deberían ser objeto de otro escrito. A modo de anticipo sí que podríamos apuntar (o, quizás, especular) que la naturaleza de las mismas pertenece al rango de las emociones. 

Volviendo al título de este escrito y a modo de conclusión, podemos sostener que la diversidad no es, estrictamente, una función de la naturalidad, sino, más bien, una prueba de la imperfección de nuestra adaptación.

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